Para comprenderlo, imaginemos que tenemos que fundar una ciudad.

¿Por dónde empezaríamos? Quizá por la forma de los edificios, las calles o una gran plaza. Vitruvio nos invita primero a preguntarnos por el lugar donde vivirán las personas. ¿Es saludable el aire? ¿De dónde viene el agua? ¿Qué campos alimentarán a los habitantes? ¿Cómo llegarán los suministros? ¿Y cómo orientar las calles respecto a los vientos?

Cada respuesta modifica otra. El agua afecta a la salud, el territorio alimenta la ciudad y las conexiones permiten los intercambios. La forma urbana nace dentro de esta red de relaciones. Aquí encontramos una lección comprensible para todos: una buena solución debe funcionar junto a las demás y contribuir a la vida de una comunidad.

En De architectura hay un relato que hace memorable esta idea. Dinócrates propone a Alejandro un proyecto grandioso: transformar el monte Athos en una gigantesca figura humana, con una ciudad en una mano. Alejandro admira la idea y después plantea una pregunta muy concreta: ¿qué campos alimentarán a sus habitantes? El proyecto espectacular se encuentra con una necesidad elemental. Para existir, una ciudad debe poder vivir.

Es esta mirada sobre el conjunto la que me interesa recuperar hoy.

En el primer libro del tratado, Vitruvio describe las disciplinas como partes de un cuerpo: cada una tiene una función y todas están relacionadas. Geometría, música, medicina, historia y filosofía contribuyen a la formación de quien construye. La música ayuda a comprender el sonido; la medicina interviene en las preguntas sobre la salubridad; la historia permite entender el significado de las formas.

Vitruvio sabe bien que nadie puede destacar en todos los campos. Sin embargo, pide al arquitecto que comprenda lo suficiente para dialogar con los especialistas y valorar las consecuencias de las decisiones. La sabiduría circular, en la interpretación que propongo, nace de esta capacidad: reconocer cuándo el propio saber necesita el de los demás.

El círculo incluye también la relación entre pensamiento y acción. Se estudia, se prueba, aparece una dificultad y se vuelve a reflexionar. Las manos plantean preguntas a la mente; la mente ayuda a las manos a encontrar un camino. Cada experiencia puede cambiar lo que creíamos saber.

Lo reconozco en mi trabajo sobre la Basílica de Fano. Durante años he intentado transformar las palabras de Vitruvio en un espacio que se pueda observar y discutir. Un modelo tridimensional hace visible una hipótesis, pero también revela sus puntos débiles. Hay que volver al texto, comparar medidas y escuchar otras competencias. La investigación crece cuando aceptamos que una nueva evidencia pueda modificar nuestro dibujo.

La transmisión del saber sigue este mismo movimiento. Vitruvio reúne conocimientos anteriores y los entrega a quienes vendrán después. Siglos más tarde, Leonardo lee aquellas páginas, observa el cuerpo humano y dibuja. El pasado se convierte en una pregunta nueva. Es una forma de circularidad que atraviesa las generaciones: recibir, comprender, transformar y volver a compartir.

Hoy la especialización nos permite ver con una precisión extraordinaria. Tratar una enfermedad, diseñar una estructura o estudiar un hallazgo requiere años de preparación. Precisamente esta profundidad hace esencial el diálogo. Quien diseña una plaza debe relacionar árboles, suelo, agua, accesibilidad y usos cotidianos. Un árbol da sombra, pero necesita espacio para las raíces y cuidados a lo largo del tiempo. Incluso una decisión aparentemente sencilla implica muchos conocimientos.

La inteligencia artificial entra en este escenario con nuevas posibilidades. Puede ayudarnos a explorar materiales, comparar hipótesis y hacer accesibles contenidos complejos. Su contribución adquiere valor dentro de un trabajo de verificación y comprensión. Una respuesta convincente debe contrastarse con las fuentes; una reconstrucción sugerente debe permitir distinguir lo que sabemos de lo que imaginamos.

Y queda una pregunta que nos corresponde a nosotros: ¿a qué vida queremos dar forma mediante estas herramientas? Elegir objetivos, escuchar a las personas y reconocer las consecuencias significa asumir una responsabilidad. Aquí sitúo la idea de un nuevo humanismo: una cultura capaz de dar una dirección a las posibilidades de la técnica.

A los jóvenes quisiera decirles sobre todo esto: cultivad lo que os apasiona y aprended a encontraros con quienes saben cosas distintas. Haced preguntas, poned a prueba las respuestas e intentad contar con vuestras propias palabras lo que habéis comprendido.

La sabiduría circular empieza así. Cada conocimiento que compartimos puede ayudar a otra persona a ver mejor. Y puede volver a nosotros, enriquecido por una pregunta que solos no habríamos sabido hacer.

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