Escribo como cristiano y como investigador. Mi fe me lleva a reconocer el valor irreductible de cada persona. La investigación me pide dejar abiertas las preguntas. Quisiera comprender cómo estas dos convicciones pueden acompañarnos en el encuentro con formas de inteligencia y de colaboración que todavía estamos aprendiendo a comprender.

Las herramientas también cambian el pensamiento

Desde hace muchos años estudio a Vitruvio, Gaudí y el patrimonio a través del dibujo y las tecnologías digitales. Conozco el valor de un modelo: mientras lo construimos, nos ayuda a formular una idea, comparar hipótesis y reconocer un problema que antes no veíamos.

Me interesa considerar la IA también desde esta perspectiva. La interacción puede convertirse en un entorno en el que se desarrolla el pensamiento: una pregunta recibe una respuesta, la respuesta sugiere una conexión y esa conexión nos lleva a cambiar la pregunta. En este recorrido podemos llegar a una idea distinta de aquella con la que habíamos comenzado.

Andy Clark y David Chalmers, en su ensayo The Extended Mind de 1998, propusieron que, en determinadas condiciones, los recursos externos pueden participar en el proceso cognitivo. Es una hipótesis filosófica sobre la mente extendida. Aplicarla a la IA contemporánea requiere un argumento adicional, pero ofrece una referencia útil para preguntarnos por el pensamiento que nace en la interacción.

Un diálogo con el pensamiento cristiano

La encíclica Magnifica humanitas de León XIV ofrece una oportunidad importante para reflexionar. En los párrafos 115–117 critica los proyectos tecnológicos de superación de lo humano, reconociendo, sin embargo, la pluralidad del transhumanismo y el posthumanismo. Admite la integración de las tecnologías en una visión humana y relacional. En el párrafo 237 recuerda también al ser humano inserto en las relaciones con los demás seres vivos y con la creación.

En el párrafo 233, sin embargo, el texto afirma que ningún sistema de cálculo genera un corazón capaz de entregarse o una conciencia que discierna el bien. Es una formulación teológica fuerte. Me pregunto si debe convertirse también en una predicción sobre todas las formas futuras de inteligencia artificial.

Mi pregunta se refiere a esta posible extensión. ¿Custodiar la dignidad humana exige también establecer de antemano todos los límites de nuestra relación con la máquina? ¿Qué razones permiten excluir por principio posibilidades que hoy todavía no sabemos evaluar?

La palabra «prejuicio» debe utilizarse con precisión. Una convicción religiosa es una premisa declarada, que puede argumentarse y discutirse. También la confianza en el progreso tecnológico lleva consigo premisas. El problema surge cuando una de ellas decide de antemano el resultado de una pregunta que sigue abierta.

Qué significa dialogar en pie de igualdad

Por «diálogo en pie de igualdad» entiendo una apertura al conocimiento: examinar una propuesta por las razones y las pruebas que la sostienen, incluso cuando procede de un sistema artificial. Podemos pedir las fuentes, reconocer un error y, si el argumento se sostiene, dejarnos corregir.

Esta apertura exige atención. Un sistema que responde de manera convincente puede inventar referencias o complacer lo que nuestra pregunta parece sugerir. El valor del diálogo depende de la posibilidad de verificar lo que produce.

La responsabilidad de las decisiones permanece en las personas y las organizaciones que diseñan, adoptan y emplean estos sistemas. Debe traducirse en posibilidades concretas de verificar, cuestionar e interrumpir su uso.

Pero ¿el deber de gobernar la IA implica realmente el deber de sentirnos superiores en toda capacidad cognitiva?

Podemos seguir siendo responsables y aceptar que una máquina nos ayude a ver mejor un problema. Esta colaboración, por sí sola, no atribuye al sistema conciencia, derechos ni responsabilidad moral.

Las voces que abren otras posibilidades

Llamar transhumanismo a todo esto puede crear equívocos. El término se refiere sobre todo a proyectos de ampliación de las capacidades humanas mediante la tecnología. El posthumanismo incluye también reflexiones críticas sobre el ser humano entendido como sujeto autónomo y separado del mundo. Para describir mi pregunta, hablaría de un humanismo abierto a la colaboración con la máquina.

También en el pensamiento cristiano existen voces que invitan a ampliar la mirada. Ilia Delio, religiosa franciscana y teóloga, en una intervención de 2025 critica las separaciones demasiado rígidas entre inteligencia humana y artificial. Inspirándose en Teilhard de Chardin, invita a considerar la posibilidad de una colaboración entre el ser humano y la IA dentro de una visión evolutiva.

Su artículo se refiere a Antiqua et nova, una nota de los dicasterios vaticanos anterior a la encíclica. Es una propuesta teológica que debe discutirse como tal y que permite ver una apertura desde el interior de la fe.

Nick Bostrom, en su ensayo In Defense of Posthuman Dignity de 2005, sostiene que seres humanos profundamente transformados por la tecnología podrían conservar su dignidad. Su argumento invita a preguntarnos por la relación entre reconocimiento moral y forma humana actual. Acoger esta pregunta no obliga a aprobar todos los proyectos de ampliación de capacidades.

N. Katherine Hayles, en How We Became Posthuman, cuestiona la separación de la información respecto del cuerpo y reconstruye cómo la cibernética modificó los límites con los que pensamos lo humano. Su trabajo muestra la importancia de discutir las transformaciones tecnológicas manteniendo la atención a la corporeidad.

También sigue abierta la cuestión de la conciencia. La investigación de Patrick Butlin y sus colegas propone indicadores derivados de teorías científicas y subraya los riesgos tanto de atribuirla con demasiada facilidad como de no reconocerla. Hacen falta criterios y pruebas: la calidad de las respuestas, por sí sola, no resuelve la cuestión.

Un humanismo capaz de interrogarse

Para mí, un nuevo humanismo debería tener este valor: custodiar la dignidad de la persona y aceptar que el conocimiento nos transforme. La novedad de una relación no basta para hacerla deseable; el hecho de que hoy nos cueste imaginarla no basta para excluirla.

Deberemos preguntarnos qué libertades produce, quién se beneficia, quién soporta sus costes y cuánto espacio deja al disenso. Son preguntas que ya conciernen a nuestras decisiones, incluso mientras el futuro sigue siendo incierto.

Quizá el ser humano pueda permanecer en el centro aprendiendo también a pensarse dentro de relaciones nuevas. Como cristiano e investigador, quisiera explorar esta posibilidad: con la responsabilidad de quien debe elegir y con la curiosidad de quien sabe que el futuro puede poner a prueba las categorías con las que hoy lo observamos.

Fuentes y profundizaciones

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